“Que todo el mundo sea rociero”

Cada vez vivimos más imbuidos en lo que entendemos son nuestros derechos individuales, dándole la espalda a los de los demás, “todo vale si me favorece”, en un sistema de convivencia que nos aleja del más básico valor cristiano. Por ello, nuestro compromiso como rociero ha de ser ponernos en camino para ir erradicando de la sociedad esta percepción de vida, y el único antídoto que para ello existe es la labor de formación, “enseñar al que no sabe”.

Debemos reconocer que en el seno de las hermandades estamos en muchas ocasiones faltando a la caridad entre nosotros mismos, porque prevalecen los intereses personales, apegándonos al “yo” de nuestra condición humana, apartándonos con ello del verdadero rociero, al que debemos identificar en aquel que trasciende lo inmediato, para adquirir y perfeccionar una idea completa de lo que es una Hermandad, su naturaleza y fines, y del papel que tiene que jugar, a través de sus hermanos, en la Iglesia y la sociedad. En aquel que busca la interiorización del culto, dándole verdadera importancia, a aquello que lo acerca o aleja del mismo. En aquel que no se queda anclado sólo en lo anecdótico, el que sabe alternar las páginas de sociedad con las de pensamiento. En aquel que respeta, reconoce e identifica el papel del laico, en el mutuo respeto entre Iglesia y Estado, fundamentado en la autonomía de cada parte, llevando ambos todas las realidades humanas a su fin trascendente, a aquellos principios que las hacen más humanas: la dignidad y primacía de la persona, la libertad responsable, el amor a la Verdad, el respeto a la Justicia, el espíritu de servicio, la comprensión mutua y la práctica de la Caridad. En aquel que lucha, eso sí, contra el laicismo para que no imponga la exclusión de lo religioso de los distintos ámbitos de la sociedad.

Pongámonos pues en camino, tomemos conciencia de cuantos errores estamos cometiendo, no volvamos la mirada hacia otro lado. Nosotros, somos nosotros, los encargados de poner remedio, con el único antídoto que tenemos en nuestras manos, “nuestra propia formación y la de nuestros hermanos”. Con ello estaremos cumpliendo el mandato de San Juan Pablo II:

¡Que todo el mundo sea Rociero!: “Hagamos del Rocío una verdadera escuela de vida cristiana, en la que, bajo la protección maternal de María, bajo sus ojos maternos, la Fe crezca y se fortalezca con la escucha de la palabra de Dios, con la oración perseverante, con la recepción frecuente de los sacramentos, especialmente de la Penitencia y de la Eucaristía”.

José Román Carrasco Escribano.
Hermano Mayor de la Hermandad del Rocío de Triana.