El verdadero patrimonio de los rocieros

Cuando fuera del ambiente rociero uno quiere resaltar los verdaderos valores del rociero, es fácil encontrar argumentos para hablar de la fiesta, la juerga o de las sevillanas…Y es cierto que todo eso forma parte de una de las manifestaciones religiosas y de la cultura popular más importantes de nuestro país, pero no podemos quedarnos con la simpleza de estos adjetivos superficiales. No nos engañemos porque el indudable patrimonio, el auténtico tesoro y la verdadera fiesta de los rocieros son el amor que este pueblo profesa a su Virgen del Rocío, y esto no puede ser medido ni valorado por nadie. Tan sólo el Pastorcito y la autentica mirada de la Virgen saben lo que encierra el corazón de cada uno de los rocieros.

El auténtico patrimonio es la tradición, la verdadera fortuna no es el camino, ni la carreta, ni la casa de Hermandad… Todo pasa o cambia; sólo Dios queda. Lo verdaderamente importante es transmitir el amor a nuestra Madre de las Marismas, de generación en generación. Y es la fe la que te ayuda a amar, a desvivirte, a servir desde la gratuidad, a no mirar al otro como un extraño o competidor. Dice San Pablo en su Carta a los Corintios: “hay diversidad de dones pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común” (1Cor, 12, 6-7). Ese es el verdadero sentido de nuestra pertenencia a la hermandad, dar testimonio de humildad y compromiso, y seguir construyendo una comunidad sólida para el futuro.

Los rocieros de verdad entienden el Rocío en mayúsculas, saben ir a la fuente a refrescarse durante todo el año, sin cohetes, ni bullicio y coger fuerzas para seguir en su quehacer de cada día. Son aquellos que celebran en la Eucaristía al Pastorcito, hecho Pan, que se desvive por ellos. Son aquellos que en la distancia buscan en su Simpecado el cobijo de la Madre, para pedirle, para sentirse acompañados y hacer Hermandad compartiendo con el hermano el amor a la Virgen.

Nuestra Madre del Rocío cuenta con cada uno de nosotros para que pongamos los dones que el Espíritu nos ha dado al servicio de tu Hermandad. Llevemos como bandera el mensaje de Benedicto XVI para el Año de la Fe: “Lo que el mundo necesita son Testigos de la Fe”.

José María Villadiego Sánchez