La fuerza de una medalla



Desde que comienza la primavera sentimos un nerviosismo interior que nos alegra y nos inquieta. La inquietud es propia por todo lo que se avecina, se anota una lista de cosas que no hay que olvidar para cuando llegue la Romería y es que, parece que con la llegada de la primavera, llega también el Rocío.

Esa lista se va rellenando día tras día y, conforme van pasando, sentimos que no tendremos tiempo para terminar de prepararlo todo.

Se silencian las marchas de Semana Santa y las emisoras de radio nos presentan los nuevos trabajos discográficos de intérpretes y grupos de sevillanas rocieras. Y los nervios aumentan al compás de esa música que nos pone el corazón a cien por hora.

De entre todas las cosas que preparamos una es la más cotidiana, la más cercana, la que tenemos a mano a las duras y a las maduras: nuestra Medalla. La miramos cuando las cosas no funcionan como desearíamos, y también cuando todo marcha de maravilla. La apretamos en nuestras manos cuando estamos a la puerta de un quirófano esperando que un médico venga a decirnos que la operación de nuestro familiar o amigo ha salido bien, y también cuando le agradecemos que el examen para el que se tuvo que dedicar tantas horas de estudio obtuvo el aprobado con la nota merecida.

La medalla es como un enlace de nuestro corazón al corazón de la Virgen y de su corazón al nuestro.

Raro sería encontrar a un rociero que no haya besado su medalla antes de irse a dormir, depositando en el frío metal el calor de los labios y recibiendo el calor del beso de la Virgen, que imaginamos nos devuelve con cariño infinito.

Como si sintiéramos toda la fuerza del mundo al sujetarla, como si le estuviéramos dando un abrazo directo a la Virgen, como si el roce en nuestras manos de su imagen en relieve viniera a traernos la paz ansiada, es lo que experimentamos con nuestra medalla rociera, a la que damos un “culto” cotidiano, sencillo y particular.

Ahora que están tan cercas los días de llevarla colgada en el cuello, luciendo con orgullo los colores de nuestras hermandades, le doy las gracias a la Virgen por hacerse tan cercana a nosotros que no sólo quiso quedarse sobre un Simpecado, o grabada en los más delicados lienzos. Ella es tan grande que, como su Hijo, el Pastorcito Divino, también se hace pequeñita para que la llevemos pegada al corazón en la Medalla que siempre está junto a nosotros.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es