Carta a mi padre




Querido papá:

Hoy hace veintiún años que te marchaste para siempre… Aunque te tengo tan presente cada día que hay veces que se me olvida que no estás. Aún así, desde aquel día hasta ahora, son muchas las cosas que han ido pasando en casa. Mi corazón me dice que de todas habrás sido testigo de excepción y que tu intercesión ha contribuido siempre en nuestros pequeños o grandes logros.

Parece que estos veintiún años se han ido en un abrir y cerrar de ojos. Tan pronto me parece que ha pasado demasiado tiempo, y al instante creo que todo ocurrió ayer mismo.

Mamá está bien, acordándose de ti a diario y, en especial, en estos días de primavera en los que el azahar le recuerda tanto a ti.

Desde muy temprano sabía que hoy iba a ser un día de recuerdos, que el editorial de periodicorociero.es tendría tintes de añoranzas y melancolías, pero también de agradecimiento y esperanzas que quiero compartirte en mi misiva. Y es que añoro verte, abrazarte, darte el beso de buenos días y de buenas noches, reírme con tus ocurrencias y enfadarnos por nuestras cosas.

Cuánto me hubiera gustado verte disfrutar de tu nieto… Si vieras cómo está, papá, lo guapo que es, cómo ríe, cómo se desenvuelve con solo cinco añitos… Si tú lo vieras, si tú supieras… Por muchísimos motivos, que tú conoces aunque no me quepan en la carta, daría cualquier cosa porque estuvieras aquí; todo sería tan distinto…

Mi hermano y yo seguimos adelante, con la lucha del día a día, con los trasiegos de la vida y sintiendo, con el paso de los años, que de lo amargo y de lo dulce hay que saborear en el camino de peregrinos por la tierra. Y ahí andamos, sin perder jamás la fe y confiando en que, de todo lo que hagamos, te sientas orgulloso y nunca decepcionado por él o por mí.

Quiero pedirte, papá, que nos cuides desde donde estás, que antes de que acudamos cada día a nuestra bendita Madre del Rocío, -que ha sido, es y seguirá siendo nuestra esperanza-, antes de que acudamos a buscarla, ya Ella sepa de nosotros por ti. Que sigas siendo un ángel que nos guarda y nos protege y que estés cerca de nosotros, yendo por delante para salvarnos de caminos equivocados y encendiendo la lámpara de las sendas acertadas para que, de tu mano, vayamos siempre por donde debemos ir.

Te añoro y al mismo tiempo te sé cerca. Te echo de menos y, sin embargo, me siento llena de ti, porque yo soy vida de tu vida.

Te mando el más fuerte de los besos, el abrazo más prolongado y el agradecimiento eterno por todo lo que me diste y por todo lo que nos has querido.

Te quiero mucho, papá, mucho.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es