La suerte de estar cerca de la Virgen del Rocío



Alguna vez me he imaginado cerca, tremendamente cerca de la Virgen del Rocío, cuando está todavía abajo, en su Paso, en su Santuario, a puertas ya cerradas. Y el alimentar esa imaginación me ha llevado a estados de paz inmensos en medio, incluso, de alguna que otra tormentilla.

Solo lo he imaginado pero de tanto soñarlo he llegado a preguntarme a mí misma si era sueño o realidad, porque sentirla tan de Tú a tú es, sencillamente, indescriptible.

Debe ser electrizante poder estar un rato en silencio, (más que nada porque no salen las palabras), aproximarte hasta la Mesa del Altar, y dejar que sus ojos descansen en ti como descansan en su Niño. Debe ser una experiencia única sentirte pequeña, pero felizmente pequeña ante la grandeza que su Imagen desprende. Puede que las piernas ni respondan ante la posibilidad de dar unos pasos hacia Ella, y sientas como si todo en ti se inmovilizara porque ya la Virgen del Rocío se encarga de removerlo todo por dentro, de hacerse notar en tu interior y quedarse para siempre en él.

Aunque esto sucediera en segundos debe ser suficiente para llenar todos los vacíos de la vida, como un bálsamo cicatrizante que penetra hasta la raíz del dolor para curarlo sin dejar más huella que su paso por el alma.

Alguna vez lo he imaginado y puede que se sienta todo eso y puede que después, tan solo al recordarlo, se continúe sintiendo -como si todavía estuvieras allí-, la fuerza que tiene la Presencia de la Virgen, el poder de atracción que tienen su rostro o sus manos y la Gracia que sale de su manto, donde el Espíritu Santo se hilvana con hilos de la Creación Divina.

Y solo de pensarlo y de haberlo imaginado siento una gratitud tan honda que me parece imperceptible la distancia entre la realidad y el sueño.

Qué afortunados son aquellos que pueden vivirlo así cada día y, aun así, cada día Contigo les parece algo nuevo.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es